La mejor noche de mi vida

/

A ti, por esa tarde.

Tenía en la cabeza esta canción hace tiempo. Quería escribir una entrada aquí con ella pero otras cosas la han retrasado. No obstante, aquí estamos. Ella y yo.

Este tema de Pablo López, La mejor noche de mi vida, de su primer disco: Once historias y un piano comienza dicendo:

Entre la felicidad y la desesperación la carretera es muy corta”

Y así es.

El dolor crónico me muestra eso demasiado a menudo. Aunque ronde más el pueblo de la Desesperación, muchas veces me encuentro en una montaña rusa porque algún gesto, el que me cuiden, hablar con una amiga o valorar lo que hago me enseñan esa cara de la felicidad difuminada pero felicidad al fin al cabo. Y subo y bajo en el mismo día varias veces.

El lema de los pacientes que cuentan este pasado octubre, mes del dolor, ha sido: Tú no eres tu dolor.

Y es totalmente cierto.

Lo que ocurre es que el dolor crónico va poniendo capas, capas y más capas de sórdida tierra, de arena seca que dificulta tanto la visión de tu vida como lo que puedes llegar a sentir.

Y a veces, aunque creamos que no hemos tenido nada que ver, nos sacudimos esa tierra maliciosa. Así la canción dice:

Creo que por una vez
conseguimos no ser
los esclavos de nadie
nos perdonamos las viejas heridas
así fue la mejor noche de mi vida”

Aunque la canción lo remita a un espacio temporal (una noche) puede ser un minuto, varios segundos o dos horas. El caso es que a pesar del dolor crónico intenso e incapacitante que padezco y hace tan difícil mi vida, mi corazón y mi alma  abren sus alas como un pavo real enseñando su plumaje y relinchan de satisfacción pues hemos experimentado cómo nos elevábamos del suelo, a pesar de ser torpes y pesados reconciliándonos con nosotros mismos y aún más importante: con la vida.

Nos olvidamos de lo que nos falta” Que ante todo es la salud, pero sobre todo esa persona que éramos antes. Y la angustia de la falta de espacio de acción que te da el dolor que te acorrala, dejándote muchas veces muy poco margen de maniobra.

“No entiendo cómo pasó pero tocamos la gloria
nos escondimos de Dios
todo quedó en la memoria”

Así es.

Esto es lo que debió sentir Yolanda en la presentación física de su cuento: Mamá tiene una amiga invisible, Vero al conseguir viajar a la Línea y meterse en el mar, Maite al sacar su libro: Fibromialgia, mi compañera y Leo al saber de su reedición: El dolor si tiene nombre.

Y lo que ocurrió dentro de mi en la graduación del curso Paciente Experto en enfermedades crónicas de la Universidad Rey Juan Carlos, toda arreglada en mi cama o al realizar el programa de difusión del mismo curso el pasado 5 de octubre con los directores y dos compañeros de la V Edición.

También cuando Moi me da las gracias no sé aún de qué. Al escuchar música, ver una película o serie, un paisaje. Cuando he podido ir al teatro, jugar con mi sobrina Elena o tener un buen orgasmo.

¡Y esa tarde contigo! Hablando de todo, lo divino, lo humano. Del sol y la noche.

Y lo disfruté tanto porque:

” ¿Quién sabe cuándo podré
cantarle al cielo otra vez
con este grito profundo?”

Es rotundamente cierto.

Para mí es como si lograra hacerle un buen regate o un tapón a mi dolor, aquí estoy.

A pesar de las capas de arena, mi alma vibra. Y así lo grito.

Lo más importante de todo esto, es que escuchando estas notas de Pablo López, recordé que todavia siguen quedando cosas que la oscuridad no ha conseguido arrebatarme. A pesar de todo.

Escucha la canción por si te ocurre lo mismo. Me alegraría mucho.

Escrito por María José Parra, autora del blog Colorear con dolor. Puedes seguirla en Twitter desde aquí.

3 comentarios en «La mejor noche de mi vida»

  1. Muchísimas gracias, Leo!!

    Pocas pero AÚN quedan cosas que no nos ha arrebatado la oscuridad o el dolor crónico.

    Así somos, saboreamos las miguitas como pan recién hecho.

    Gracias por el comentario!!! Un 😘

    Responder
  2. Enhorabuena María José !!!

    “Entre la felicidad y la desesperación la carretera es muy corta”, que gran verdad, nuestro dolor crónico nos lleva, como muy bien dices, a una montaña rusa; sentimos la felicidad en las pequeñas cosas, aunque sea sólo un segundo, pero nos da vida, nos recuerda que estamos vivos.

    Gracias por la gran labor que haces

    Responder

Deja un comentario