La trenza

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Primera novela de Laetitia Colombani sobre mujeres y podría decir para mujeres, aunque desde estas líneas animo a cualquier lector a que se acerca a ella. Antes de leer esta novela busqué algunas opiniones, calificándola de simplista, melodramática, feminista, etc. Ello no suele influirme y me alegro de haber hecho caso a mi instinto. 

No solo resulta de lectura rápida y más que amena a pesar de la dureza de algunos de sus historias; particularmente me he visto identificada con algunos aspectos de la vida de una de sus protagonistas, que luego sintetizaré.

El hecho de que sean historias sencillas no le resta a mi juicio la fuerza interior que desprende, así como la fortaleza que transmite cada una de aquellas.

Quizá esa pueda ser una de las razones que me haya movido a presentaros esta lectupíldora.

«Aquí comienza la historia.
Una historia que es siempre nueva
y cobra vida entre mis dedos.
Lo primero es el bastidor;
la base, que debe ser lo bastante fuerte para sujetarlo todo.
Seda o algodón, para la vida o los escenarios; depende.
El algodón es más resistente.
La seda, más fina y discreta…».

Creo que todos conoceréis el significado de una trenza, cómo se teje bien para el cabello o para otros usos como, por ejemplo, hacer pelucas, o un cordel.

La autora nos ha tejido tres historias sobre tres mujeres separadas no solo físicamente, también social y culturalmente, con un denominador común, su fuerza ante la adversidad, mostrándonos un mensaje ante tanto sufrimiento y sobre un destino que ninguna de ellas acepta. 

Así pues son tres historias independientes, si bien se van enredando como los cabellos de una trenza.

Pueden resultar sencillas a primera vista pero transmiten un mensaje que al menos a mí me ha calado, desoyendo afortunadamente las opiniones sobre su carácter simplista. 

La primera nos lleva a Badlapur, (Uttar Pradesh, India), donde Smita pertenece a la casta dalit o intocables, no existiendo nada más por debajo de ellos, en una palabra, la escoria de la humanidad como siempre ha escuchado. Su labor desde niña, como fuera la de su madre y abuela no es otra que la de recoger la porquería de las letrinas de las castas superiores. Alimentarse de las ratas que su marido Nagarajan caza en los campos de otros.

En ese universo de pobreza su sueño no es otro que su hija Lalita, a la que cada mañana le hace una gran trenza, vaya a la escuela. Que de este modo pueda aprender a leer y escribir, con el fin de no estar condenada como ella.

Sabe que su vida no vale nada. De hecho, Smita ya ha oído la cifra, que «la hizo estremecer: dos millones de mujeres asesinadas en el país todos los años. Dos millones, víctimas de la barbarie de los hombres, muertas en medio de la indiferencia general. Al mundo entero le trae sin cuidado. El mundo las ha abandonado».

La segunda es Guilia, Palemo (Italia), con dieciséis años es una joven y entusiasta. La hija de un fabricante de pelucas, o como allí se denomina el negocio de la «cascatura», el arte de trabajar el cabello en pelos. Ama los libros y su trabajo. No concibe otra forma de vida y tras la enfermedad del patriarca deberá tomar las riendas del negocio e imponer su voluntad.

Conocerá el amor de Kamal un joven sij, el cual tendrá por el desconocimiento en la cultura siciliana, al tiempo que pone todas sus fuerzas para continuar con el negocio.

Llega un momento en que la gente en Italia ya no vende el pelo, lo tira, debiendo buscar la materia prima en otros países, como puede ser la India.

Finalmente tenemos a Sarah, Montreal (Canadá), cuarenta años, madre de tres niños, divorciada y una abogada de éxito. Como ella misma nos dice, ha roto el techo de cristal y espera llegar a lo más alto, lo que le ha supuesto renunciar a todo.

A sus bajas de maternidad, a las funciones escolares, en definitiva a la vida familiar, ya que solo vive por y para su trabajo. Como ella misma nos dice «conocía a la perfección el sentimiento de culpa de las madres que trabajan». Había creado un muro impenetrable entre su vida personal y la profesional, pero como todos se pueden agrietar y quizá derrumbar.

En lo mejor de su carrera la enfermedad aparece en su vida, y piensa que la podrá tratar como a todo lo anterior, con disimulo y ajustando su agenda para seguir el pie de lo más alto, sin conocer que aquella la tiene reservada una sorpresa.

En el momento en que su despacho se entera, se verá discriminada, sí, por el hecho de estar enferma ve desaparecer todo lo que había logrado, esa barrera que tan sólidamente había venido construyendo no funciona, y ahora se resquebraja rápidamente.

¿Qué tratamiento hay contra la exclusión, algo que es común a nuestras protagonistas? 

En el caso de Sarah que rompió el techo de cristal, se da cuenta que en este momento ha chocado contra la barrera invisible que «separa el mundo de los sanos del de los enfermos, los débiles, los vulnerables, al que ahora pertenece».

Ninguno se encuentra preparada para «ese efecto, para el que no estaba preparada, que no hay receta capaz de neutralizar, es la marginación que lleva aparejada la enfermedad, el lento y doloroso vacío que se le está haciendo».

Así es, algo que los #pacientesquecuentan conocemos bien y como nos dice Sarha, «la enferma no es ella, la que necesita tratamiento es la sociedad entera. Deberían proteger, acompañar a los débiles».

Un cabello es un delgado hilo pero puede ser muy resistente cuando se entrelaza con otros muchos, como así hemos hecho en #pacientesquecuentan.

Considero que hemos trenzado un hilo duro y resistente, como una trenza, que no dudamos en lanzarla a aquellos que la necesita, aunque a veces podamos parecer invisibles al mundo y a tantas miradas.

El significado del título dado a la novela se desvela al final de la trama y eso se lo dejo al lector…

Escrito por Leonor Pérez de Vega, autora del blog El dolor sí tiene nombre. Puedes seguirla en Twitter desde aquí.

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